Apocalipsis
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Juan el Evangelista,
hermano de Santiago el mártir - Jesús los llamaba «los muchachos
del trueno» - fue deportado a la isla de Patmos por motivo de
su fe. Desde ese lugar nos envió este Apocalipsis de Jesucristo.
Cielos abiertos, ángeles y catástrofes, corrupción de los satisfechos
y sangre de los mártires: el juicio de Dios atraviesa toda nuestra
historia. La gloria de Dios está junto a nosotros, al otro lado
de la cortina, y todo desemboca en la ciudad celestial.
¿Por qué ahora el Apocalipsis tiene
reputación de ser un libro misterioso y difícil de entender, y
para muchos Apocalipsis tiene sentido de terrorífico? ¿Acaso será
porque algunos buscan ahí mensajes secretos que podrían referirse
a nuestro tiempo?
Al escribir este "Apocalipsis de Jesucristo", Juan expresó lo
que el Señor le había enseñado de muchas maneras, por medio de
sus dones de profeta, pero utilizó también las fórmulas habituales
de ese tipo de literatura. Cuando habla de acontecimientos contemporáneos,
los sitúa en sus visiones e imágenes fantásticas. Y lo mismo ocurre
cuando nos quiere dar a entender lo que será la historia. No pretende
narrar acontecimientos del futuro (el Señor no le dio un resumen
de ello) sino decirnos cuál será la trama y cuáles serán los verdaderos
actores.
Comprenderemos mejor este Apocalipsis si interpretamos esas visiones,
esas cifras y esos símbolos de acuerdo a las reglas de la literatura
apocalíptica. Veremos entonces que "el Apocalipsis de Jesucristo"
no es ni difícil ni terrorífico sino lleno de alegría y de esperanza.
Cristo resucitado es el centro de la historia; el mundo es el
escenario de la lucha entre la Iglesia, encabezada por Cristo,
y las fuerzas del demonio; los cristianos son llamados a dar valientemente
su testimonio.
Se pueden reconocer en el Apocalipsis
siete series de siete elementos cada una, distribuidas en cuatro
grandes partes:
- Los siete mensajes a las iglesias, cap. 1-3.
- Balance del Antiguo Testamento, cap. 4-9.
- La Iglesia se enfrenta con el imperio romano, cap. 11,19-19,6.
- Los últimos tiempos y la Jerusalén celestial, cap. 20-22.
Capítulo 1
La revelación de Jesucristo
1:1 La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para
manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y
la declaró enviándola por medio de su ángel
a su siervo Juan,
1:2 que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio
de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.
1:3 Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de
esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque
el tiempo está cerca.
Salutaciones a las siete iglesias
1:4 Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia
y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir,
y de los siete espíritus que están delante de su
trono;
1:5 y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de
los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra.
Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con
su sangre,
1:6 y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;
a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos.
Amén.
1:7 He aquí que viene con las nubes,     
y todo ojo le verá, y los que le traspasaron;
y todos los linajes de la tierra harán lamentación
por él.
Sí, amén.
1:8 Yo soy el Alfa y la Omega,
principio y fin, dice el Señor, el
que es y que era y que ha de venir,
el Todopoderoso.
Una visión del Hijo del Hombre
1:9 Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en
la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo,
estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios
y el testimonio de Jesucristo.
1:10 Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor,
y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta,
1:11 que decía: Yo soy el Alfa y
la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo
que ves, y envíalo a las siete iglesias que están
en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia
y Laodicea.
1:12 Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y
vuelto, vi siete candeleros de oro,
1:13 y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo
del Hombre,
vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido
por el pecho con un cinto de oro.
1:14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como
nieve;
sus ojos como llama de fuego;
1:15 y sus pies semejantes al bronce bruñido,
refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas
aguas.
1:16 Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía
una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando
resplandece en su fuerza.
1:17 Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él
puso su diestra sobre mí, diciéndome: No
temas; yo soy el primero y el último;  
1:18 y el que vivo, y estuve muerto; mas
he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén.
Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.
1:19 Escribe las cosas que has visto, y
las que son, y las que han de ser después de estas.
1:20 El misterio de las siete estrellas
que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro:
las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias,
y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias.
Capítulo 2
Mensajes a las siete iglesias: El mensaje
a Efeso
2:1 Escribe al ángel de la iglesia
en Efeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que
anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto:
2:2 Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo
y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado
a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has
hallado mentirosos;
2:3 y has sufrido, y has tenido paciencia,
y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.
2:4 Pero tengo contra ti, que has dejado tu
primer amor.
2:5 Recuerda, por tanto, de dónde has
caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues
si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero
de su lugar, si no te hubieres arrepentido.
2:6 Pero tienes esto, que aborreces las obras
de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco.
2:7 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré
a comer del árbol de la vida,
el cual está en medio del paraíso de Dios.
El mensaje a Esmirna
2:8 Y escribe al ángel de la iglesia
en Esmirna: El primero y el postrero,  
el que estuvo muerto y vivió, dice esto:
2:9 Yo conozco tus obras, y tu tribulación,
y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los
que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de
Satanás.
2:10 No temas en nada lo que vas a padecer.
He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros
en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis
tribulación por diez días. Sé fiel hasta
la muerte, y yo te daré la corona de la vida.
2:11 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá
daño de la segunda muerte.
El mensaje a Pérgamo
2:12 Y escribe al ángel de la iglesia
en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice
esto:
2:13 Yo conozco tus obras, y dónde
moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes
mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en
que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora
Satanás.
2:14 Pero tengo unas pocas cosas contra
ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam,
que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de
Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a
cometer fornicación.
2:15 Y también tienes a los que retienen
la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco.
2:16 Por tanto, arrepiéntete; pues
si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos
con la espada de mi boca.
2:17 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré
a comer del maná escondido,
y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito
un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.
El mensaje a Tiatira
2:18 Y escribe al ángel de la iglesia
en Tiatira: El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego,
y pies semejantes al bronce bruñido, dice esto:
2:19 Yo conozco tus obras, y amor, y fe,
y servicio, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más
que las primeras.
2:20 Pero tengo unas pocas cosas contra
ti: que toleras que esa mujer Jezabel, 
que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a
fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos.
2:21 Y le he dado tiempo para que se arrepienta,
pero no quiere arrepentirse de su fornicación.
2:22 He aquí, yo la arrojo en cama,
y en gran tribulación a los que con ella adulteran, si
no se arrepienten de las obras de ella.
2:23 Y a sus hijos heriré de muerte,
y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña
la mente y el corazón;
y os daré a cada uno según vuestras obras.
2:24 Pero a vosotros y a los demás
que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina,
y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás,
yo os digo: No os impondré otra carga;
2:25 pero lo que tenéis, retenedlo
hasta que yo venga.
2:26 Al que venciere y guardare mis obras
hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones,
2:27 y las regirá con vara de hierro,
y serán quebradas como vaso de alfarero;
como yo también la he recibido de mi Padre;
2:28 y le daré la estrella de la
mañana.
2:29 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias.
Capítulo 3
El mensaje a Sardis
3:1 Escribe al ángel de la iglesia
en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las
siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre
de que vives, y estás muerto.
3:2 Sé vigilante, y afirma las otras
cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras
perfectas delante de Dios.
3:3 Acuérdate, pues, de lo que has
recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete.
Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no
sabrás a qué hora vendré sobre ti. 
3:4 Pero tienes unas pocas personas en Sardis
que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en
vestiduras blancas, porque son dignas.
3:5 El que venciere será vestido de
vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la
vida, 
y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus
ángeles.
3:6 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias.
El mensaje a Filadelfia
3:7 Escribe al ángel de la iglesia
en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene
la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno
abre:
3:8 Yo conozco tus obras; he aquí,
he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede
cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra,
y no has negado mi nombre.
3:9 He aquí, yo entrego de la sinagoga
de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo
son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan
y se postren a tus pies,
y reconozcan que yo te he amado.
3:10 Por cuanto has guardado la palabra
de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora
de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar
a los que moran sobre la tierra.
3:11 He aquí, yo vengo pronto; retén
lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.
3:12 Al que venciere, yo lo haré
columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá
de allí; y escribiré sobre él el nombre de
mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén,
la cual desciende del cielo,
de mi Dios, y mi nombre nuevo.
3:13 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias.
El mensaje a Laodicea
3:14 Y escribe al ángel de la iglesia
en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y
verdadero, el principio de la creación de Dios,
dice esto:
3:15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío
ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
3:16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío
ni caliente, te vomitaré de mi boca.
3:17 Porque tú dices: Yo soy rico,
y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes
que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y
desnudo.
3:18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí
compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras
blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza
de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.
3:19 Yo reprendo y castigo a todos los que
amo;
sé, pues, celoso, y arrepiéntete.
3:20 He aquí, yo estoy a la puerta
y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré
a él, y cenaré con él, y él conmigo.
3:21 Al que venciere, le daré que
se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido,
y me he sentado con mi Padre en su trono.
3:22 El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias.
Capítulo 4
La adoración celestial

4:1 Después de esto miré, y he aquí una
puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como
de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te
mostraré las cosas que sucederán después
de estas.
4:2 Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí,
un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado.
4:3 Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra
de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un
arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda.
4:4 Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y
vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de
ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas.
4:5 Y del trono salían relámpagos y truenos  
y voces; y delante del trono ardían siete lámparas
de fuego,
las cuales son los siete espíritus de Dios.
4:6 Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante
al cristal;
y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes
llenos de ojos delante y detrás.
4:7 El primer ser viviente era semejante a un león; el
segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro
como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando.
4:8 Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas,
y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos;
y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo
es el Señor Dios Todopoderoso,
el que era, el que es, y el que ha de venir.
4:9 Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra
y acción de gracias al que está sentado en el trono,
al que vive por los siglos de los siglos,
4:10 los veinticuatro ancianos se postran delante del que está
sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los
siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo:
4:11 Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra
y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu
voluntad existen y fueron creadas.
Capítulo 5
El rollo y el Cordero

5:1 Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono
un libro escrito por dentro y por fuera,
sellado con siete sellos.
5:2 Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién
es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?
5:3 Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la
tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo.
5:4 Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno
digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo.
5:5 Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que
el León de la tribu de Judá,
la raíz de David,
ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.
5:6 Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro
seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un
Cordero como inmolado,
que tenía siete cuernos, y siete ojos,
los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por
toda la tierra.
5:7 Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que
estaba sentado en el trono.
5:8 Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes
y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero;
todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso,
que son las oraciones de los santos;
5:9 y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de
tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste
inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo
linaje y lengua y pueblo y nación;
5:10 y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes,
y reinaremos sobre la tierra.
5:11 Y miré, y oí la voz de muchos ángeles
alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos;
y su número era millones de millones,
5:12 que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado
es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría,
la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.
5:13 Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la
tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas
que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado
en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria
y el poder, por los siglos de los siglos.
5:14 Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y
los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron
al que vive por los siglos de los siglos.
Capítulo 6
Los sellos

6:1 Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí
a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno:
Ven y mira.
6:2 Y miré, y he aquí un caballo blanco;
y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona,
y salió venciendo, y para vencer.
6:3 Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo
ser viviente, que decía: Ven y mira.
6:4 Y salió otro caballo, bermejo; y
al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la
paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada.
6:5 Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser
viviente, que decía: Ven y mira. Y miré, y he aquí
un caballo negro;
y el que lo montaba tenía una balanza en la mano.
6:6 Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes,
que decía: Dos libras de trigo por un denario,
y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el
aceite ni el vino.
6:7 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del
cuarto ser viviente, que decía: Ven y mira.
6:8 Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que
lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía;
y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para
matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras
de la tierra. 
6:9 Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las
almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra
de Dios y por el testimonio que tenían.
6:10 Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo,
Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre
en los que moran en la tierra?
6:11 Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen
todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número
de sus consiervos y sus hermanos, que también habían
de ser muertos como ellos.
6:12 Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí
hubo un gran terremoto;
y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió
toda como sangre;
6:13 y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra,    
como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un
fuerte viento.
6:14 Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se
enrolla;
y todo monte y toda isla se removió de su lugar.
6:15 Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes,
los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las
cuevas y entre las peñas de los montes;
6:16 y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre
nosotros, y escondednos
del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y
de la ira del Cordero;
6:17 porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y
quién podrá sostenerse en pie?
Capítulo 7
Los 144,000 sellados
7:1 Después de esto vi a cuatro ángeles en pie sobre
los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los
cuatro vientos
de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra,
ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol.
7:2 Vi también a otro ángel que subía de donde
sale el sol, y tenía el sello del Dios vivo; y clamó
a gran voz a los cuatro ángeles, a quienes se les había
dado el poder de hacer daño a la tierra y al mar,
7:3 diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar,
ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes
a los siervos de nuestro Dios.
7:4 Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta
y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel.
7:5 De la tribu de Judá, doce mil sellados. De la tribu de
Rubén, doce mil sellados. De la tribu de Gad, doce mil sellados.
7:6 De la tribu de Aser, doce mil sellados. De la tribu de Neftalí,
doce mil sellados. De la tribu de Manasés, doce mil sellados.
7:7 De la tribu de Simeón, doce mil sellados. De la tribu
de Leví, doce mil sellados. De la tribu de Isacar, doce mil
sellados.
7:8 De la tribu de Zabulón, doce mil sellados. De la tribu
de José, doce mil sellados. De la tribu de Benjamín,
doce mil sellados.
La multitud vestida de ropas blancas
7:9 Después de esto miré, y he aquí una
gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones
y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y
en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con
palmas en las manos;
7:10 y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece
a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.
7:11 Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono,
y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron
sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios,
7:12 diciendo: Amén. La bendición y la gloria y
la sabiduría y la acción de gracias y la honra y
el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de
los siglos. Amén.
7:13 Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome:
Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes
son, y de dónde han venido?
7:14 Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él
me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, 
y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del
Cordero.
7:15 Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven
día y noche en su templo; y el que está sentado
sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos.
7:16 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá
más sobre ellos, ni calor alguno;
7:17 porque el Cordero que está en medio del trono los
pastoreará,
y los guiará a fuentes de aguas de vida;
y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.
Capítulo 8
El séptimo sello
8:1 Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio
en el cielo como por media hora.
8:2 Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios;
y se les dieron siete trompetas.
8:3 Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar,
con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo
a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba
delante del trono.
8:4 Y de la mano del ángel subió a la presencia de
Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.
8:5 Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó
del fuego del altar,
y lo arrojó a la tierra;
y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto.
Las trompetas
8:6 Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas
se dispusieron a tocarlas.
8:7 El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo
y fuego
mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la
tercera parte de los árboles se quemó, y se quemó
toda la hierba verde.
8:8 El segundo ángel tocó la trompeta, y como una
gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar;
y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.
8:9 Y murió la tercera parte de los seres vivientes que
estaban en el mar, y la tercera parte de las naves fue destruida.
8:10 El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó
del cielo una gran estrella,
ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte
de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas.
8:11 Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte
de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron
a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.
8:12 El cuarto ángel tocó la trompeta, y fue herida
la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la
tercera parte de las estrellas, para que se oscureciese la tercera
parte de ellos, 
y no hubiese luz en la tercera parte del día, y asimismo
de la noche.
8:13 Y miré, y oí a un ángel volar por en
medio del cielo, diciendo a gran voz: ¡Ay, ay, ay, de los
que moran en la tierra, a causa de los otros toques de trompeta
que están para sonar los tres ángeles!
Capítulo 9

9:1 El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una
estrella que cayó del cielo a la tierra; y se le dio la
llave del pozo del abismo.
9:2 Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del
pozo como humo de un gran horno; y se oscureció el sol
y el aire por el humo del pozo.
9:3 Y del humo salieron langostas sobre la tierra;
y se les dio poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra.
9:4 Y se les mandó que no dañasen a la hierba de
la tierra, ni a cosa verde alguna, ni a ningún árbol,
sino solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios
en sus frentes.
9:5 Y les fue dado, no que los matasen, sino que los atormentasen
cinco meses; y su tormento era como tormento de escorpión
cuando hiere al hombre.
9:6 Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte,
pero no la hallarán; y ansiarán morir, pero la muerte
huirá de ellos.
9:7 El aspecto de las langostas era semejante a caballos preparados
para la guerra;
en las cabezas tenían como coronas de oro; sus caras eran
como caras humanas;
9:8 tenían cabello como cabello de mujer; sus dientes eran
como de leones;
9:9 tenían corazas como corazas de hierro; el ruido de
sus alas era como el estruendo de muchos carros
de caballos corriendo a la batalla;
9:10 tenían colas como de escorpiones, y también
aguijones; y en sus colas tenían poder para dañar
a los hombres durante cinco meses.
9:11 Y tienen por rey sobre ellos al ángel del abismo,
cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión.
9:12 El primer ay pasó; he aquí, vienen aún
dos ayes después de esto.
9:13 El sexto ángel tocó la trompeta, y oí
una voz de entre los cuatro cuernos del altar de oro
que estaba delante de Dios,
9:14 diciendo al sexto ángel que tenía la trompeta:
Desata a los cuatro ángeles que están atados junto
al gran río Eufrates.
9:15 Y fueron desatados los cuatro ángeles que estaban
preparados para la hora, día, mes y año, a fin de
matar a la tercera parte de los hombres.
9:16 Y el número de los ejércitos de los jinetes
era doscientos millones. Yo oí su número.
9:17 Así vi en visión los caballos y a sus jinetes,
los cuales tenían corazas de fuego, de zafiro y de azufre.
Y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones; y de
su boca salían fuego, humo y azufre.
9:18 Por estas tres plagas fue muerta la tercera parte de los
hombres; por el fuego, el humo y el azufre que salían de
su boca.
9:19 Pues el poder de los caballos estaba en su boca y en sus
colas; porque sus colas, semejantes a serpientes, tenían
cabezas, y con ellas dañaban.
9:20 Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas,
ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos,
ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de
oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no
pueden ver, ni oír, ni andar; 
9:21 y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías,
ni de su fornicación, ni de sus hurtos.
Capítulo 10
El ángel con el librito

10:1 Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto
en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era
como el sol, y sus pies como columnas de fuego.
10:2 Tenía en su mano un librito abierto; y puso su pie
derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra;
10:3 y clamó a gran voz, como ruge un león; y cuando
hubo clamado, siete truenos emitieron sus voces.
10:4 Cuando los siete truenos hubieron emitido sus voces, yo iba
a escribir; pero oí una voz del cielo que me decía:
Sella las cosas que los siete truenos han dicho, y no las escribas.
10:5 Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra,
levantó su mano al cielo,
10:6 y juró por el que vive por los siglos de los siglos,
que creó el cielo y las cosas que están en él,
y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las
cosas que están en él, que el tiempo no sería
más,
10:7 sino que en los días de la voz del séptimo
ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el
misterio de Dios se consumará, como él lo anunció
a sus siervos los profetas.
10:8 La voz que oí del cielo habló otra vez conmigo,
y dijo: Ve y toma el librito que está abierto en la mano
del ángel que está en pie sobre el mar y sobre la
tierra.
10:9 Y fui al ángel, diciéndole que me diese el
librito. Y él me dijo: Toma, y cómelo; y te amargará
el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel.
10:10 Entonces tomé el librito de la mano del ángel,
y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando
lo hube comido, amargó mi vientre.
10:11 Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez
sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.
Capítulo 11
Los dos testigos
11:1 Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de
medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios,
y el altar, y a los que adoran en él.
11:2 Pero el patio que está fuera del templo déjalo
aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles;
y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta
y dos meses.
11:3 Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos
sesenta días, vestidos de cilicio.
11:4 Estos testigos son los dos olivos, y los dos candeleros que
están en pie delante del Dios de la tierra.
11:5 Si alguno quiere dañarlos, sale fuego de la boca de
ellos, y devora a sus enemigos; y si alguno quiere hacerles daño,
debe morir él de la misma manera.
11:6 Estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva
en los días de su profecía;
y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre,
y para herir la tierra con toda plaga, cuantas veces quieran.
11:7 Cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del
abismo 
hará guerra contra ellos, y los vencerá
y los matará.
11:8 Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande
ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma
y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado.
11:9 Y los de los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán
sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán
que sean sepultados.
11:10 Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos
y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros;
porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores
de la tierra.
11:11 Pero después de tres días y medio entró
en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se levantaron
sobre sus pies,
y cayó gran temor sobre los que los vieron.
11:12 Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid
acá. Y subieron al cielo en una nube;
y sus enemigos los vieron.
11:13 En aquella hora hubo un gran terremoto,
y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por
el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los
demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo.
11:14 El segundo ay pasó; he aquí, el tercer ay viene
pronto.
La séptima trompeta
11:15 El séptimo ángel tocó la trompeta,
y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos
del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo;
y él reinará por los siglos de los siglos.
11:16 Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante
de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron
a Dios,
11:17 diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso,
el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu
gran poder, y has reinado.
11:18 Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo
de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos
los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los
pequeños y a los grandes,
y de destruir a los que destruyen la tierra.
11:19 Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de
su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos,
voces, truenos, un terremoto
y grande granizo.
Capítulo 12
La mujer y el dragón

12:1 Apareció en el cielo una gran señal: una mujer
vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza
una corona de doce estrellas.
12:2 Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia
del alumbramiento.
12:3 También apareció otra señal en el cielo:
he aquí un gran dragón escarlata, que tenía
siete cabezas y diez cuernos,
y en sus cabezas siete diademas;
12:4 y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del
cielo, y las arrojó sobre la tierra.
Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba
para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.
12:5 Y ella dio a luz un hijo varón,
que regirá con vara de hierro a todas las naciones;
y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono.
12:6 Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado
por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos
sesenta días.
12:7 Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel   y
sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban
el dragón y sus ángeles;
12:8 pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos
en el cielo.
12:9 Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua,
que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al
mundo entero; fue arrojado a la tierra,
y sus ángeles fueron arrojados con él.
12:10 Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía:
Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro
Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.
12:11 Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero
y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus
vidas hasta la muerte.
12:12 Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en
ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque
el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que
tiene poco tiempo.
12:13 Y cuando vio el dragón que había sido arrojado
a la tierra, persiguió a la mujer que había dado
a luz al hijo varón.
12:14 Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila,
para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar,
donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un
tiempo.
12:15 Y la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer,
agua como un río, para que fuese arrastrada por el río.
12:16 Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió
su boca y tragó el río que el dragón había
echado de su boca.
12:17 Entonces el dragón se llenó de ira contra
la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia
de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el
testimonio de Jesucristo.
Capítulo 13
Las dos bestias

13:1 Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar
una bestia
que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos
diez diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo.
13:2 Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies
como de oso, y su boca como boca de león.
Y el dragón le dio su poder y su trono, y grande autoridad.
13:3 Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida
mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos
de la bestia,
13:4 y adoraron al dragón que había dado autoridad
a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién
como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?
13:5 También se le dio boca que hablaba grandes cosas y
blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses.
13:6 Y abrió su boca en blasfemias contra Dios,
para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los
que moran en el cielo.
13:7 Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y
vencerlos.
También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua
y nación.
13:8 Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres
no estaban escritos en el libro de la vida
del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.
13:9 Si alguno tiene oído, oiga.
13:10 Si alguno lleva en cautividad,
va en cautividad; si alguno mata a espada, a espada debe ser muerto.
Aquí está la paciencia y la fe de los santos.
13:11 Después vi otra bestia que subía de la tierra;
y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero
hablaba como dragón.
13:12 Y ejerce toda la autoridad de la primera bestia en presencia
de ella, y hace que la tierra y los moradores de ella adoren a
la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada.
13:13 También hace grandes señales, de tal manera
que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de
los hombres.
13:14 Y engaña a los moradores de la tierra con las señales
que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando
a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la bestia que
tiene la herida de espada, y vivió.
13:15 Y se le permitió infundir aliento a la imagen de
la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el
que no la adorase.
13:16 Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos
y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano
derecha, o en la frente;
13:17 y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese
la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre.
13:18 Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento,
cuente el número de la bestia, pues es número de
hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.
Capítulo 14
El cántico de los 144,000
14:1 Después miré, y he aquí el Cordero estaba
en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y
cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su
Padre escrito en la frente.
14:2 Y oí una voz del cielo como estruendo de muchas aguas,
y como sonido de un gran trueno; y la voz que oí era como
de arpistas que tocaban sus arpas.
14:3 Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante
de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía
aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro
mil que fueron redimidos de entre los de la tierra.
14:4 Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son
vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera
que va. Estos fueron redimidos de entre los hombres como primicias
para Dios y para el Cordero;
14:5 y en sus bocas no fue hallada mentira,
pues son sin mancha delante del trono de Dios.
El mensaje de los tres ángeles
14:6 Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que
tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores
de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo,
14:7 diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque
la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el
cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.
14:8 Otro ángel le siguió, diciendo: Ha caído,
ha caído Babilonia,
la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del
vino del furor de su fornicación.
14:9 Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran
voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca
en su frente o en su mano,
14:10 él también beberá del vino de la ira
de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira;
y será atormentado con fuego y azufre
delante de los santos ángeles y del Cordero;
14:11 y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos.
Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a
la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.
14:12 Aquí está la paciencia de los santos, los
que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.
14:13 Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe:
Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren
en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán
de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.
La tierra es segada
14:14 Miré, y he aquí una nube blanca; y sobre
la nube uno sentado semejante al Hijo del Hombre,
que tenía en la cabeza una corona de oro, y en la mano
una hoz aguda.
14:15 Y del templo salió otro ángel, clamando a
gran voz al que estaba sentado sobre la nube: Mete tu hoz, y siega;
porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra
está madura.
14:16 Y el que estaba sentado sobre la nube metió su hoz
en la tierra, y la tierra fue segada.
14:17 Salió otro ángel del templo que está
en el cielo, teniendo también una hoz aguda.
14:18 Y salió del altar otro ángel, que tenía
poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tenía
la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos
de la tierra, porque sus uvas están maduras.
14:19 Y el ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió
la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran
lagar de la ira de Dios.
14:20 Y fue pisado el lagar
fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los
frenos de los caballos, por mil seiscientos estadios.
Capítulo 15
Los ángeles con las siete postreras
plagas

15:1 Vi en el cielo otra señal, grande y admirable: siete
ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque
en ellas se consumaba la ira de Dios.
15:2 Vi también como un mar de vidrio mezclado con fuego;
y a los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia
y su imagen, y su marca y el número de su nombre, en pie
sobre el mar de vidrio, con las arpas de Dios.
15:3 Y cantan el cántico de Moisés
siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes
y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso;
justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.
15:4 ¿Quién no te temerá, oh Señor,
y glorificará tu nombre?
pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones
vendrán y te adorarán,
porque tus juicios se han manifestado.
15:5 Después de estas cosas miré, y he aquí
fue abierto en el cielo el templo del tabernáculo del testimonio;
15:6 y del templo salieron los siete ángeles que tenían
las siete plagas, vestidos de lino limpio y resplandeciente, y
ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro.
15:7 Y uno de los cuatro seres vivientes dio a los siete ángeles
siete copas de oro, llenas de la ira de Dios, que vive por los
siglos de los siglos.
15:8 Y el templo se llenó de humo 
por la gloria de Dios, y por su poder; y nadie podía entrar
en el templo hasta que se hubiesen cumplido las siete plagas de
los siete ángeles.
Capítulo 16
Las copas de ira

16:1 Oí una gran voz que decía desde el templo
a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra las
siete copas de la ira de Dios.
16:2 Fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra,
y vino una úlcera maligna y pestilente
sobre los hombres que tenían la marca de la bestia, y que
adoraban su imagen.
16:3 El segundo ángel derramó su copa sobre el mar,
y éste se convirtió en sangre como de muerto; y
murió todo ser vivo que había en el mar.
16:4 El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos,
y sobre las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre.
16:5 Y oí al ángel de las aguas, que decía:
Justo eres tú, oh Señor, el que eres y que eras,
el Santo, porque has juzgado estas cosas.
16:6 Por cuanto derramaron la sangre de los santos y de los profetas,
también tú les has dado a beber sangre; pues lo
merecen.
16:7 También oí a otro, que desde el altar decía:
Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos
y justos.
16:8 El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol,
al cual fue dado quemar a los hombres con fuego.
16:9 Y los hombres se quemaron con el gran calor, y blasfemaron
el nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y no se
arrepintieron para darle gloria.
16:10 El quinto ángel derramó su copa sobre el trono
de la bestia; y su reino se cubrió de tinieblas,
y mordían de dolor sus lenguas,
16:11 y blasfemaron contra el Dios del cielo por sus dolores y
por sus úlceras, y no se arrepintieron de sus obras.
16:12 El sexto ángel derramó su copa sobre el gran
río Eufrates; y el agua de éste se secó,
para que estuviese preparado el camino a los reyes del oriente.
16:13 Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de
la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus
inmundos a manera de ranas;
16:14 pues son espíritus de demonios, que hacen señales,
y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos
a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso.
16:15 He aquí, yo vengo como ladrón. 
Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande
desnudo, y vean su vergüenza.
16:16 Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.
16:17 El séptimo ángel derramó su copa por
el aire; y salió una gran voz del templo del cielo, del
trono, diciendo: Hecho está.
16:18 Entonces hubo relámpagos y voces y truenos, y un
gran temblor de tierra, un terremoto
tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres
han estado sobre la tierra.
16:19 Y la gran ciudad fue dividida en tres partes, y las ciudades
de las naciones cayeron; y la gran Babilonia vino en memoria delante
de Dios, para darle el cáliz del vino del ardor de su ira.
16:20 Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.
16:21 Y cayó del cielo sobre los hombres un enorme granizo
como del peso de un talento;
y los hombres blasfemaron contra Dios por la plaga del granizo;
porque su plaga fue sobremanera grande.
Capítulo 17
Condenación de la gran ramera

17:1 Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían
las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven
acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera,
la que está sentada sobre muchas aguas;
17:2 con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores
de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación.
17:3 Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi
a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres
de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos.
17:4 Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata,
y adornada de oro de piedras preciosas y de perlas, y tenía
en la mano un cáliz de oro
lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación;
17:5 y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA
LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA
TIERRA.
17:6 Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre
de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé
asombrado con gran asombro.
17:7 Y el ángel me dijo: ¿Por qué te asombras?
Yo te diré el misterio de la mujer, y de la bestia que
la trae, la cual tiene las siete cabezas y los diez cuernos.
17:8 La bestia que has visto, era, y no es; y está para
subir del abismo
e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos
cuyos nombres no están escritos desde la fundación
del mundo en el libro de la vida,
se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.
17:9 Esto, para la mente que tenga sabiduría: Las siete
cabezas son siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer,
17:10 y son siete reyes. Cinco de ellos han caído; uno
es, y el otro aún no ha venido; y cuando venga, es necesario
que dure breve tiempo.
17:11 La bestia que era, y no es, es también el octavo;
y es de entre los siete, y va a la perdición.
17:12 Y los diez cuernos que has visto, son diez reyes,
que aún no han recibido reino; pero por una hora recibirán
autoridad como reyes juntamente con la bestia.
17:13 Estos tienen un mismo propósito, y entregarán
su poder y su autoridad a la bestia.
17:14 Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá,
porque él es Señor de señores y Rey de reyes;
y los que están con él son llamados y elegidos y
fieles.
17:15 Me dijo también: Las aguas que has visto donde la
ramera se sienta, son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas.
17:16 Y los diez cuernos que viste en la bestia, éstos
aborrecerán a la ramera, y la dejarán desolada y
desnuda; y devorarán sus carnes, y la quemarán con
fuego;
17:17 porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que
él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia,
hasta que se cumplan las palabras de Dios.
17:18 Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre
los reyes de la tierra.
Capítulo 18
La caída de Babilonia

18:1 Después de esto vi a otro ángel descender
del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria.
18:2 Y clamó con voz potente, diciendo: Ha caído,
ha caído la gran Babilonia,
y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo
espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible.
18:3 Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de
su fornicación;
y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes
de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites.
18:4 Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de
ella, pueblo mío,
para que no seáis partícipes de sus pecados, ni
recibáis parte de sus plagas;
18:5 porque sus pecados han llegado hasta el cielo,
y Dios se ha acordado de sus maldades.
18:6 Dadle a ella como ella os ha dado,
y pagadle doble según sus obras; en el cáliz en
que ella preparó bebida, preparadle a ella el doble.
18:7 Cuanto ella se ha glorificado y ha vivido en deleites, tanto
dadle de tormento y llanto; porque dice en su corazón:
Yo estoy sentada como reina, y no soy viuda, y no veré
llanto;
18:8 por lo cual en un solo día vendrán sus plagas;
muerte, llanto y hambre, y será quemada con fuego; porque
poderoso es Dios el Señor, que la juzga.
18:9 Y los reyes de la tierra que han fornicado con ella, y con
ella han vivido en deleites, llorarán y harán lamentación
sobre ella, cuando vean el humo de su incendio,
18:10 parándose lejos por el temor de su tormento, diciendo:
¡Ay, ay, de la gran ciudad de Babilonia, la ciudad fuerte;
porque en una hora vino tu juicio!
18:11 Y los mercaderes de la tierra lloran y hacen lamentación
sobre ella, porque ninguno compra más sus mercaderías;
18:12 mercadería de oro, de plata, de piedras preciosas,
de perlas, de lino fino, de púrpura, de seda, de escarlata,
de toda madera olorosa, de todo objeto de marfil, de todo objeto
de madera preciosa, de cobre, de hierro y de mármol;
18:13 y canela, especias aromáticas, incienso, mirra, olíbano,
vino, aceite, flor de harina, trigo, bestias, ovejas, caballos
y carros, y esclavos, almas de hombres.
18:14 Los frutos codiciados por tu alma se apartaron de ti, y
todas las cosas exquisitas y espléndidas te han faltado,
y nunca más las hallarás.
18:15 Los mercaderes de estas cosas, que se han enriquecido a
costa de ella, se pararán lejos por el temor de su tormento,
llorando y lamentando,
18:16 y diciendo: ¡Ay, ay, de la gran ciudad, que estaba
vestida de lino fino, de púrpura y de escarlata, y estaba
adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas!
18:17 Porque en una hora han sido consumidas tantas riquezas.
Y todo piloto, y todos los que viajan en naves, y marineros, y
todos los que trabajan en el mar, se pararon lejos;
18:18 y viendo el humo de su incendio, dieron voces, diciendo:
¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad?
18:19 Y echaron polvo sobre sus cabezas, y dieron voces, llorando
y lamentando, diciendo: ¡Ay, ay de la gran ciudad, en la
cual todos los que tenían naves en el mar se habían
enriquecido de sus riquezas; pues en una hora ha sido desolada!
18:20 Alégrate sobre ella, cielo,
y vosotros, santos, apóstoles y profetas; porque Dios os
ha hecho justicia en ella.
18:21 Y un ángel poderoso tomó una piedra, como
una gran piedra de molino, y la arrojó en el mar, diciendo:
Con el mismo ímpetu será derribada Babilonia,
la gran ciudad, y nunca más será hallada.
18:22 Y voz de arpistas, de músicos, de flautistas y de
trompeteros no se oirá más en ti;
y ningún artífice de oficio alguno se hallará
más en ti, ni ruido de molino se oirá más
en ti.
18:23 Luz de lámpara no alumbrará más en
ti, ni voz de esposo y de esposa se oirá más en
ti;
porque tus mercaderes eran los grandes de la tierra; pues por
tus hechicerías fueron engañadas todas las naciones.
18:24 Y en ella se halló la sangre de los profetas y de
los santos, y de todos los que han sido muertos en la tierra.
Capítulo 19
Alabanzas en el cielo
19:1 Después de esto oí una gran voz de gran multitud
en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación
y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro;
19:2 porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado
a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación,
y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella.
19:3 Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por
los siglos de los siglos.
19:4 Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se
postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el
trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!
19:5 Y salió del trono una voz que decía: Alabad a
nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así
pequeños como grandes.
19:6 Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo
de muchas aguas,
y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya,
porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!
19:7 Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria;
porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado.
19:8 Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio
y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de
los santos.
La cena de las bodas del Cordero
19:9 Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los
que son llamados a la cena de las bodas
del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios.
19:10 Yo me postré a sus pies para adorarle. Y él
me dijo: Mira, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos
que retienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios; porque
el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía.
El jinete del caballo blanco
19:11 Entonces vi el cielo abierto;
y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba
Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea.
19:12 Sus ojos eran como llama de fuego,
y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un
nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo.
19:13 Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su
nombre es: EL VERBO DE DIOS.
19:14 Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo,
blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.
19:15 De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a
las naciones, y él las regirá con vara de hierro;
y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios
Todopoderoso. 
19:16 Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre:
REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.
19:17 Y vi a un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó
a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del
cielo: Venid, y congregaos a la gran cena de Dios,
19:18 para que comáis carnes de reyes y de capitanes, y
carnes de fuertes, carnes de caballos y de sus jinetes, y carnes
de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes.
19:19 Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos,
reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra
su ejército.
19:20 Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que
había hecho delante de ella las señales con las
cuales había engañado a los que recibieron la marca
de la bestia, y habían adorado su imagen.
Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que
arde con azufre.
19:21 Y los demás fueron muertos con la espada que salía
de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron
de las carnes de ellos.
Capítulo 20
Los mil años
20:1 Vi a un ángel que descendía del cielo, con la
llave del abismo, y una gran cadena en la mano.
20:2 Y prendió al dragón, la serpiente antigua,
que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años;
20:3 y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su
sello sobre él, para que no engañase más a
las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después
de esto debe ser desatado por un poco de tiempo.
20:4 Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad
de juzgar;
y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús
y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la
bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes
ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.
20:5 Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron
mil años. Esta es la primera resurrección.
20:6 Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección;
la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que
serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con
él mil años.
20:7 Cuando los mil años se cumplan, Satanás será
suelto de su prisión,
20:8 y saldrá a engañar a las naciones que están
en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog,
a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales
es como la arena del mar.
20:9 Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento
de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego
del cielo, y los consumió.
20:10 Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago
de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y
serán atormentados día y noche por los siglos de los
siglos.
El juicio ante el gran trono blanco
20:11 Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él,
de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún
lugar se encontró para ellos.
20:12 Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante
Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto,
el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos
por las cosas que estaban escritas en los libros, según
sus obras.
20:13 Y el mar entregó los muertos que había en
él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había
en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras.
20:14 Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego.
Esta es la muerte segunda.
20:15 Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida
fue lanzado al lago de fuego.
Capítulo 21
Cielo nuevo y tierra nueva
21:1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; 
porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya
no existía más.
21:2 Y yo Juan vi la santa ciudad,
la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios,
dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
21:3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí
el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará
con ellos; y ellos serán su pueblo,
y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
21:4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos;
y ya no habrá muerte,
ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor;
porque las primeras cosas pasaron.
21:5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo
hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras
son fieles y verdaderas.
21:6 Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el
principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente
de la fuente del agua de la vida.
21:7 El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré
su Dios, y él será mi hijo.
21:8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas,
los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos
tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre,
que es la muerte segunda.
La nueva Jerusalén
21:9 Vino entonces a mí uno de los siete ángeles
que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras,
y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré
la desposada, la esposa del Cordero.
21:10 Y me llevó en el Espíritu a un monte grande
y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén,
que descendía del cielo, de Dios,
21:11 teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al
de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana
como el cristal.
21:12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en
las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son
los de las doce tribus de los hijos de Israel;
21:13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres
puertas; al occidente tres puertas.
21:14 Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre
ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
21:15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir,
de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro.
21:16 La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud
es igual a su anchura; y él midió la ciudad con
la caña, doce mil estadios;
la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales.
21:17 Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos,
de medida de hombre, la cual es de ángel.
21:18 El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era
de oro puro, semejante al vidrio limpio;
21:19 y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados
con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo,
zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda;
21:20 el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo,
crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo,
crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo,
amatista.
21:21 Las doce puertas eran doce perlas;
cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad
era de oro puro, transparente como vidrio.
21:22 Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso
es el templo de ella, y el Cordero.
21:23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen
en ella; porque la gloria de Dios la ilumina,
y el Cordero es su lumbrera.
21:24 Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a
la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria
y honor a ella.
21:25 Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues
allí no habrá noche.
21:26 Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a
ella.
21:27 No entrará en ella ninguna cosa inmunda,
o que hace abominación y mentira, sino solamente los que
están inscritos en el libro de la vida del Cordero.
Capítulo 22
22:1 Después me mostró un río limpio de agua
de vida,
resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios
y del Cordero.
22:2 En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del
río, estaba el árbol de la vida,
que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del
árbol eran para la sanidad de las naciones.
22:3 Y no habrá más maldición;
y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos
le servirán,
22:4 y verán su rostro, y su nombre estará en sus
frentes.
22:5 No habrá allí más noche; y no tienen necesidad
de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor
los iluminará;
y reinarán por los siglos de los siglos.
La venida de Cristo está cerca
22:6 Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el
Señor, el Dios de los espíritus de los profetas,
ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas
que deben suceder pronto.
22:7 ¡He aquí, vengo pronto!
Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía
de este libro.
22:8 Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después
que las hube oído y visto, me postré para adorar
a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.
22:9 Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy
consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan
las palabras de este libro. Adora a Dios.
22:10 Y me dijo: No selles las palabras de la profecía
de este libro, porque el tiempo está cerca.
22:11 El que es injusto, sea injusto todavía; y el que
es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique
la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese
todavía.
22:12 He aquí yo vengo pronto, y
mi galardón conmigo,
para recompensar a cada uno según sea su obra.
22:13 Yo soy el Alfa y la Omega,
el principio y el fin, el primero y el último.  
22:14 Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho
al árbol de la vida, y
para entrar por las puertas en la ciudad.
22:15 Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los
fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel
que ama y hace mentira.
22:16 Yo Jesús he enviado mi ángel
para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la
raíz y el linaje de David,
la estrella resplandeciente de la mañana.
22:17 Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye,
diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del
agua de la vida gratuitamente.
22:18 Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía
de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá
sobre él las plagas que están escritas en este libro.
22:19 Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía,
Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa
ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.
22:20 El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente
vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor
Jesús.
22:21 La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos
vosotros. Amén.
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